martes, 4 de mayo de 2010

He perdido el Norte


Vuelan grises entre las hojas ya esmeralda, bandadas de cuervos rompen en fragmentos mis ojos, ahora ausentes, antes lejanos. Frio, mi cuerpo indefenso entre amapolas.

Luces ocre, calor, caricias de seda entre poemas raídos, encajados en el tiempo, violines…Vivaldi, sí, siempre Vivaldi.

A tu rosa se le cayeron las hojas ya de esperar una lágrima de tu oceano, antes en tormenta, ahora ausente. Destellos, luz blanca, me duelen los ojos.

Dibujo mapas en el gotelé de nuestra balsa, para encontrar una isla que me salve de tu naufragio. La brújula marca el Norte,y yo quiero tu Sur. No sirve, ya nada vale, son las doce.

Silencio, mi corazón decidio no torturarme, voy a la deriva en el tiempo. Antes insuficiente, ahora infinito. Y ese espejo, ese espejo ya no tiene mirada, se fue, se perdió, contigo, con mi corazón y nuestro naufragio, a buscar un horizonte, al Sur, siempre, de tu oceano.

sábado, 1 de mayo de 2010

Aicha


Ella nunca fue la más guapa del Haren.
No tenia las manos suaves, tenia los dedos asperos de una campesina de las inhospitas tierras de las llanuras del Norte.
Sus ojos carecian de un brillo especial, un tono castaño sin mayores matices.
La nariz no era ni como el pico del aguila que tantas veces vio sobrebolar las montañas, y tampoco se parecia a los botones dorados que cosía en las camisas de seda del jeque.
El pelo, aunque rojizo, no destacaba entre las treinta y dos cabezas de sus compañeras.

Pero, Aicha cantaba. Como los angeles, con la alegria de los canarios de los señores del sur y la fuerza de los esclavos norteños.

Y cuando Aicha cantaba, el mundo callaba. Hasta la más bella sirena silenciaba su canto con tal de escuchar esa voz de miel, canela y fresas.

Entonces…
Su rostro se iluminaba, reflejando cada rayo de luz, cada color en cada uno de los escondites de su cuerpo, y del alma pura.
Sus ojos adquirian un extraño brillo, cuya miraba confundia los sentidos y causaba una extraña sensación de miedo, asombro y enamoramiento.
Su nariz, antes insignificante resultaba ahora majestuosa, erigiendose orgullosa en el centro de aquella hermosa visión.
Su pelo rojizo volaba al compas de sus canciones, suavizando cada palabra, matizando cada pausa.

Por ello la quiso el Jeque, por eso la querian todos. Todos excepto él. Ese desconocido, que Aicha bien sabía que algún día llegaría, ese amor que descubriría, sin oir una sola nota de su voca, la luz arrolladora que emanaba su alma.